En mi infancia siempre quise tener perro pero nunca me concedieron tal deseo, por eso de que hay que cuidarles, que son para espacios grandes y no para pisos… en resúmen, toda esa clase de razonamientos lógicos que sólo de mayor llegas a comprender. Por el contrario, y como premio de consolación, tuve otra serie de mascotas, plumadas en ocasiones, escamadas en otras, de corta y aburrida existencia, que la mayoría de las veces no me merecían ni buscar nombre.
Pero lo que recuerdo desde bien temprano, y que ya ha quedado como máxima canina, es que no les pedía perros de marca, ni a Milú, ni el Lassie, ni un Scottex. Nada de eso, quería un Patán cualquiera de dientes descompensados, un Ayudante de Santa Claus de 7 padres distintos, en definitiva, ¡un chucho!
Ains… no sé si será algo patológico, pero no lo puedo evitar: me gustan los perros feos, si, las razas inverosímiles, los de pelo indomable, facciones desarmonizadas, patas poco funcionales, medio ratoneros medio cazadores, confundidos porque no saben si deben atacar o huir… de esos que uno no sabe si prefiere que le muerda antes de que le lama, pero que son tan espabilados que se ganan tu cariño.
Como homenaje a ellos, aquí mi pequeña colección de fotos.




