Primero veía a quienes le rodeaban más fuertes, inteligentes e interesantes que él.
Luego, pasó al pensamiento opuesto, y pronto encontró a todos a su alrededor vacíos, carentes de aptitudes y desgraciada existencia. Como el chaval de El guardián entre el centeno, se sintió en un mundo rodeado de tarados, a quien miraba con conmiseración por no gozar de su físico, su clase y su savoir faire… unos extras, pensaba él, que sólo traen de serie algunos cuando salen de la fábrica de hombres.
Pero, un día comprendió que, como parte del proceso, esa etapa también había pasado.


Creo que no ha sido buena idea ver Amarcord (Federico Fellini, 1973) el mismo día que terminé la novela de Tolstoi. Por algún motivo la una ha sido nublada por la otra.